Autor torrejonero
Filéicalos: Toletum, de Álvaro Villarrubia, se presenta como mucho más que una historia de seres de la noche o hechiceros. Desde sus primeras páginas, la novela abre la puerta a lo extraordinario dentro de un marco reconocible, casi cotidiano, y construye un universo en el que lo sobrenatural no funciona como evasión, sino como una herramienta para explorar lo humano.
El eje del relato es Filéicalos, un ser que ha vivido durante siglos y cuya transformación íntima marca el pulso de la historia. Lo que en sus primeros años fue empatía y una mirada abierta hacia el mundo acaba convertido en una identidad más oscura y contradictoria. A través de ese recorrido, la novela plantea preguntas sobre el paso del tiempo, la memoria, la pérdida y aquello que se deforma cuando la vida se prolonga más allá de lo imaginable.
Lejos de limitarse al imaginario clásico de la fantasía, Filéicalos: Toletum dialoga con temas universales como la inadaptación, la fe, las diferencias sociales o la búsqueda de sentido. Las criaturas que habitan sus páginas —noctívagos, hechiceros y otros seres— funcionan como metáforas de conflictos internos profundamente reconocibles. En ese cruce, la fantasía se convierte en un espejo que obliga al lector a mirarse, más que a huir.

Filéicalos: Toletum se publicó en abril de 2025. ¿Puedes contarnos cómo y cuándo nació la idea original de esta historia?
Aunque parezca increíble, empecé a escribir esta historia hace más de veinte años. Cuando era adolescente formaba parte de una asociación de juegos de rol y, en una ocasión, decidimos publicar una revista. Yo colaboré con un relato del que se iría publicando un fragmento en cada número. Ese fue el origen de Filéicalos: Toletum. Creo que la revista no llegó a tener más de un par de números, pero yo seguí escribiendo aquel relato, que terminó convirtiéndose primero en una historia más amplia y, con el tiempo, en una novela. A lo largo de estas dos décadas la he releído muchas veces, añadiendo, revisando y reescribiendo pasajes. La versión definitiva se aleja bastante de aquellas primeras páginas.
El libro se sitúa dentro de un género de fantasía que parece combinar elementos clásicos con un tono más urbano o contemporáneo. ¿Cómo definirías el universo de Filéicalos en pocas palabras?
Es un mundo donde lo extraordinario existe dentro de un marco reconocible, casi tangible, como si la fantasía fuese solo una capa más de la realidad.
Filéicalos es descrito como un ser con siglos de historia. ¿Cuál fue el punto de partida para crear a este personaje? Y, ¿qué tiene Filéicalos del propio autor?
El punto de partida es su final. Al comienzo del libro, el lector puede intuir cómo será Filéicalos después de siglos de vida y, acto seguido, descubre que en sus primeros años era muy distinto, incluso con valores prácticamente opuestos. Esa es la esencia del personaje: el recorrido que lo lleva a transformarse de manera tan radical.
Cuando empecé a escribir esta historia, yo era Filéicalos: teníamos la misma edad, compartíamos la misma forma de ver la vida y muchas de sus reacciones nacían de cómo habría respondido yo en su lugar. Con el paso del tiempo, sin embargo, me fui alejando de él. Digamos que yo me he hecho mayor mientras que él sigue siendo aquel joven adolescente. Eso hace que, ahora, con la experiencia acumulada, yo no actuaría como él actúa en la novela.
Filéicalos Toletum no es solo una novela de criaturas sobrenaturales, sino que toca cuestiones sobre la transformación personal, diferencias sociales, religión y la experiencia de sentirse diferente o fuera de lugar. ¿Cómo conectas esos temas humanos y filosóficos —como la inadaptación, el amor o la búsqueda de sentido— con el universo fantástico de la historia?
La fantasía en Filéicalos Toletum no funciona como un adorno, sino como una forma de llevar al límite cuestiones muy reales. Las criaturas sobrenaturales y los elementos fantásticos me permiten explorar, desde otro ángulo, temas profundamente humanos: la sensación de no encajar, las diferencias sociales, la fe, el amor o la búsqueda del sentido de la vida. En un mundo ligeramente desplazado del nuestro, esos conflictos se vuelven más visibles, más desnudos. Al final, lo extraordinario solo sirve para iluminar lo cotidiano: los personajes sienten, dudan y se transforman de un modo que podría ocurrir en cualquier época o lugar.
¿Qué te gustaría que un lector recordara después de cerrar el libro por primera vez?
Cuando estaba a punto de publicarlo, me conformaba con que al lector no le pareciera una mala historia. Ahora, después de recibir tan buen feedback de tanta gente, soy más ambicioso: quiero dejar huella. Me gustaría que los personajes le hayan despertado simpatía, rechazo, amor o cualquier otro sentimiento; que la lectura haya sido un viaje entretenido, sí, pero también uno que le invite a cuestionarse aspectos importantes de la vida.
Más de veinte años después de que aquel primer relato comenzara a tomar forma en una revista casi artesanal, Filéicalos: Toletum llega al lector como una obra que condensa tiempo, madurez y persistencia. La novela no solo construye un universo fantástico propio, sino que propone una lectura pausada sobre la identidad, el cambio y la dificultad de encontrar un lugar en el mundo cuando todo —incluido uno mismo— se transforma.
En la conversación con Álvaro Villarrubia, queda claro que la fantasía no actúa como refugio, sino como un territorio desde el que mirar de frente cuestiones profundamente humanas. Filéicalos: Toletum se sitúa así en ese espacio donde el género deja de ser una etiqueta para convertirse en una herramienta narrativa, capaz de interpelar al lector más allá de la trama y de acompañarlo incluso después de haber cerrado el libro.
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