Reseña | Contraplano
Leer Tierra de Luz no es una experiencia cómoda. Y creo que tampoco pretende serlo. Es una novela que se te queda pegada, que incomoda, que duele por momentos y que, aun así, te obliga a seguir leyendo. Porque lo que cuenta Lucía Mbomío no es una historia lejana ni excepcional: es una realidad cotidiana que muchas veces preferimos no mirar.
En estas páginas está el racismo vivido en primera persona, no el que se discute en abstracto o se relativiza con argumentos de sobremesa, sino el que se siente en la piel, en la mirada del otro, en esa sensación persistente de que da igual cuánto tiempo lleves en un país o lo bien que manejes su idioma: siempre habrá alguien dispuesto a recordarte que no eres de aquí. Mbomío escribe sobre ese desarraigo con una honestidad que desarma, sin filtros ni concesiones, dejando claro que el problema no es “encajar”, sino una sociedad que sigue levantando fronteras invisibles.
Uno de los escenarios que más impacta es el mar de plástico. Los invernaderos aparecen retratados no solo como un espacio físico, sino como un sistema que devora personas. A través de Ngolo —y de todo lo que su personaje arrastra— la autora pone rostro a cientos de migrantes atrapados en una maquinaria de explotación normalizada. No hace falta subrayar nada: la crudeza está en los detalles, en el cansancio, en la precariedad, en la sensación de estar atrapado en un lugar que te necesita, pero no te reconoce.
Hay libros que informan y otros que te obligan a detenerte. Este hace las dos cosas.
Frente a ese paisaje asfixiante, Tierra de Luz también mira hacia Bata, en Guinea Ecuatorial. Y ahí la novela respira. Los recuerdos, los olores, la comida, la vida cotidiana aparecen con una fuerza especial. No es solo un viaje de ida y vuelta: es una manera de reivindicar un origen y una identidad que Europa suele ignorar o reducir a tópicos. Mbomío nos lleva a rincones de un país desconocido para la inmensa mayoría y lo hace desde el afecto, desde lo vivido, desde lo propio.
La novela no esquiva otros dolores: la homofobia, el miedo, la soledad, la violencia que a veces se presenta en forma de amenaza y otras veces en forma de silencio. Pero incluso en medio de todo eso, la autora deja espacio para algo fundamental: el amor, la amistad, la comunidad. Hay un hilo de esperanza que atraviesa el libro, una idea de pertenencia que no depende de papeles ni de permisos, sino de los vínculos que se sostienen cuando todo alrededor se empeña en romperlos.
El realismo mágico —con raíces en la cultura Fang— aparece como refugio, pero también como resistencia. No suaviza la historia, no la hace “más llevadera”: le da profundidad simbólica. Como si la novela recordara, a cada paso, que la memoria y la identidad siguen vivas incluso en los contextos más hostiles.
Tierra de Luz es una novela que interpela. No te deja en el mismo sitio del que partes. Te obliga a preguntarte desde dónde miras, qué normalizas y qué decides no ver. En los tiempos que vivimos —con discursos de odio cada vez más normalizados, con el señalamiento al diferente convertido en estrategia y con la deshumanización colándose en el lenguaje y en las decisiones políticas— esta historia no solo es pertinente: es necesaria.
Por eso creo que esta novela es obligatoria hoy. No como consigna ni como eslogan, sino como ejercicio de empatía, de escucha y de responsabilidad colectiva. Lucía Mbomío escribe con una sensibilidad excepcional, con una pluma cruda y profundamente humana, capaz de poner palabras a realidades que muchos prefieren ignorar. Un libro que habla de dolor, sí, pero también de dignidad, de comunidad y de esperanza. Y que deja una idea difícil de sacudirse: mirar hacia otro lado también es una forma de elegir.

