Foto: Bryan Ledgard / Wikimedia Commons · CC BY 2.0
El libro Skinheads. Historia global de un estilo, del historiador Carles Viñas, reconstruye los orígenes obreros, jamaicanos y multiétnicos de una subcultura que décadas después quedó asociada casi exclusivamente a la extrema derecha.
Durante décadas, la palabra skinhead ha estado vinculada en el imaginario colectivo a grupos neonazis, agresiones racistas, violencia callejera y simbología de extrema derecha. La imagen del joven con la cabeza rapada, botas altas y cazadora bomber terminó convertida en una representación casi automática del fascismo.
Sin embargo, la lectura de Skinheads. Historia global de un estilo, publicado por Bellaterra Edicions en 2022, obliga a revisar esa identificación. El trabajo del historiador Carles Viñas no niega la violencia ni la posterior presencia de organizaciones neonazis dentro de la escena, pero demuestra que aquella deriva política apareció después y no explica por sí sola los orígenes ni la complejidad del fenómeno.
La historia comienza en los barrios obreros británicos de finales de los años sesenta, en los clubes de baile donde coincidieron jóvenes blancos de clase trabajadora y descendientes de la migración caribeña. Antes de las proclamas supremacistas estuvieron el ska, el rocksteady, el soul, el reggae y una cultura juvenil nacida del contacto entre comunidades que compartían calles, empleos precarios y unas expectativas de futuro muy parecidas.
Los primeros skinheads no surgieron como una organización neonazi, sino del encuentro entre jóvenes obreros británicos y la cultura jamaicana.
Un estilo juvenil, no una “tribu urbana”
Aunque habitualmente se habla del movimiento skinhead, Viñas considera más preciso definirlo como un “estilo juvenil”. Bajo una estética reconocible han convivido personas con posiciones políticas muy diferentes: neonazis, antifascistas, comunistas, anarquistas, antirracistas y también jóvenes que se declaraban apolíticos.
El estilo comenzó a tomar forma hacia 1967 y se consolidó entre 1968 y 1969. Su nacimiento fue el resultado del encuentro entre dos realidades: los hard mods británicos y los rude boys jamaicanos.
Los hard mods procedían del sector más obrero del universo mod. Frente a la evolución más sofisticada, comercial o cercana al movimiento hippie de otros jóvenes, endurecieron su imagen y reivindicaron con mayor intensidad su identidad de clase. Los rude boys, por su parte, aportaron códigos estéticos, expresiones, formas de relacionarse y, especialmente, una banda sonora procedente de Jamaica.
Los barrios periféricos y las salas de baile se convirtieron en espacios de convivencia entre jóvenes blancos y negros. De aquella relación surgió un estilo nuevo, construido mediante la mezcla cultural y no desde la separación racial.
En una entrevista con el historiador Xavier Casals, Viñas explica que las primeras bandas estuvieron formadas por jóvenes de diferentes orígenes que compartían música, barrio y una identidad vinculada a la clase trabajadora.
El “espíritu del 69”
La fecha simbólica del nacimiento skinhead es 1969, conocida dentro de la subcultura como el “espíritu del 69”. Sin embargo, los primeros grupos ya habían aparecido algunos años antes.
Al principio recibieron nombres como peanuts, eggheads o lemonheads. La prensa británica comenzó a utilizar de forma generalizada la palabra skinhead en 1969. Tampoco respondían exactamente a la imagen que posteriormente se hizo popular.
Aquellos primeros skins llevaban el pelo corto, pero no completamente afeitado. Vestían pantalones vaqueros, camisas, tirantes, botas de trabajo y chaquetas Harrington. También conservaban parte de la elegancia heredada de los mods.
El rapado al cero, las botas mucho más altas, las cazadoras bomber y la radicalización de la apariencia se extenderían principalmente durante el resurgimiento del estilo a finales de los años setenta.
La estética expresaba orgullo obrero, pertenencia al barrio, disciplina y voluntad de diferenciarse tanto de la cultura adulta como del pacifismo asociado a los hippies. Esa combinación contenía una de las grandes contradicciones señaladas por Viñas: eran jóvenes rebeldes y desafiantes que, al mismo tiempo, asumían valores relacionados con el orden, la dureza y una masculinidad muy marcada.
Una banda sonora llegada del Caribe
No se puede explicar el nacimiento de los skinheads sin hablar de música jamaicana. El ska, el rocksteady y el primer reggae fueron elementos centrales para la cohesión y la expansión del estilo.
Artistas como Desmond Dekker, Laurel Aitken, Prince Buster, Derrick Morgan o Toots & The Maytals formaron parte de aquella banda sonora. También tuvo una importancia especial Symarip, grupo integrado por músicos de origen jamaicano que publicó en 1969 Skinhead Moonstomp, una de las canciones más relacionadas con la primera generación skin.
La conexión fue tan intensa que determinadas producciones comenzaron a conocerse como skinhead reggae o early reggae. El sello Trojan Records se convirtió igualmente en una referencia para quienes posteriormente intentaron mantener viva la tradición musical y estética de los primeros años.
Esta influencia caribeña no constituye un elemento secundario de la historia. Es una de las pruebas más claras de que el estilo surgió de una experiencia cultural multiétnica.
Como recoge El Temps en su recorrido por la música skinhead, los jóvenes británicos adoptaron aquellos sonidos porque los escuchaban en sus barrios, fiestas y clubes junto a jóvenes negros con quienes compartían extracción social.
Unos orígenes que tampoco deben idealizarse
Reconocer el carácter multiétnico de los primeros skinheads no significa presentar aquella escena como un espacio libre de racismo, violencia o discriminación. El fenómeno nació en una Gran Bretaña atravesada por fuertes tensiones sociales y por un discurso contrario a la inmigración que comenzaba a ganar visibilidad política.
Dentro de algunas bandas también existieron comportamientos violentos y agresiones racistas. La territorialidad, las peleas, el culto a la dureza y una concepción excluyente de la masculinidad formaron parte de su desarrollo. Las mujeres ocuparon inicialmente un lugar secundario, aunque posteriormente las skingirls construyeron códigos estéticos propios.
El valor del libro de Viñas reside precisamente en evitar dos simplificaciones: ni todos los skinheads fueron neonazis ni sus orígenes multiétnicos convierten la escena en una historia carente de conflictos. El autor analiza la subcultura desde sus contradicciones, sin reducirla a una única ideología, pero tampoco ocultando sus episodios más oscuros.
La apropiación de la extrema derecha
La primera oleada skinhead perdió fuerza a comienzos de los años setenta. El estilo reapareció alrededor de 1976 y 1977, impulsado por la explosión del punk y por la recuperación de la música jamaicana.
Fue durante este resurgimiento cuando la política adquirió una presencia mucho mayor. Organizaciones como el National Front y el British Movement detectaron en los estadios de fútbol y en determinados conciertos un terreno favorable para captar jóvenes. La extrema derecha promovió publicaciones, organizaciones y circuitos musicales propios con el objetivo de ampliar su base social.
La escena quedó entonces profundamente fragmentada. Mientras algunos grupos se acercaron al neonazismo y al llamado Rock Against Communism, otros defendieron expresamente el carácter multirracial de los orígenes skinhead.
Las bandas relacionadas con el sello 2 Tone —entre ellas The Specials, The Selecter, The Beat o Madness— recuperaron el ska y proyectaron una imagen de convivencia entre músicos blancos y negros.
A mediados de los años ochenta nació en Nueva York SHARP, siglas de Skinheads Against Racial Prejudice, como respuesta a la apropiación racista del estilo. Posteriormente aparecerían también colectivos de skinheads comunistas y anarquistas agrupados alrededor de RASH.
Según explicó Viñas en una entrevista publicada por elDiario.es, la politización no unificó a los skinheads, sino que terminó por dividirlos en corrientes enfrentadas.
El poder de un estereotipo
Las acciones violentas de los grupos neonazis tuvieron una enorme repercusión mediática, especialmente durante los años ochenta y noventa. Con el tiempo, la parte acabó representando al conjunto y la palabra skinhead quedó socialmente asociada al fascismo.
Este proceso no fue inocente. Convertir al racista en un individuo perfectamente reconocible por su vestimenta permite presentar el racismo como una conducta exclusiva de grupos marginales, en lugar de analizar su presencia dentro de las instituciones, los discursos políticos o la vida cotidiana.
Skinheads. Historia global de un estilo no pretende absolver a quienes utilizaron esta estética para cometer agresiones o difundir ideología neonazi. Su aportación consiste en explicar cómo surgió el estilo, cómo evolucionó y de qué manera una corriente política logró apropiarse de parte de sus códigos hasta transformar su significado público.
La principal enseñanza que deja el libro es que las culturas juveniles nunca son fenómenos inmóviles. Cambian con el contexto, se fragmentan y pueden ser disputadas por fuerzas políticas contrapuestas.
Antes de convertirse en el uniforme de una parte de la extrema derecha europea, las botas, los tirantes y el pelo corto ya recorrían los barrios obreros británicos al ritmo del ska jamaicano.
Conocer esa historia no borra la violencia que llegó después, pero permite comprenderla sin reproducir un estereotipo que durante demasiado tiempo sustituyó a la investigación.

