Día 7: el regreso a La Habana y un mojito de 15 euros

Foto: Jialiang Gao / Wikimedia Commons — CC BY 2.5.

Diario del Centenario de Fidel

16 de agosto de 2026

Por Manolo García

Las buenas noticias procedentes del hospital acompañan el regreso desde Matanzas. Después llegan el bullicio de La Habana Vieja, la música callejera y un encuentro que termina con dos mojitos inesperadamente caros.

Amanezco en Matanzas. Hoy tengo ducha y el agua sale por la alcachofa. Después de tantos días lavándome con un cubo y un cacillo, casi me avergüenza gastar tanta agua.

La vivienda en la que me hospedo es una casa unifamiliar de planta baja, como muchas de las que se extienden por Matanzas y van ascendiendo por las laderas del anfiteatro natural formado alrededor de la bahía.

Es una casa humilde, pero dispone de un pequeño terreno aprovechado al máximo. Hay dos plataneras de fruto dulce y otra de una variedad que aquí llaman burro: un plátano utilizado para freír, aunque más pequeño que el plátano macho.

También tienen un limonero y un naranjo dulce, todavía jóvenes, además de plantas de malanga y calabaza. Han plantado incluso una caña mexicana, que, según me explican, se utiliza en la medicina tradicional cubana para las afecciones renales.

Buenas noticias desde el hospital

Temprano llega a la casa parte de la familia que ha pasado la noche en el hospital, pendiente de la evolución del joven que intentó quitarse la vida.

Las noticias son buenas. El muchacho continúa mejorando y ya casi lo consideran fuera de peligro. Después llegará la rehabilitación de los órganos dañados y será necesario un tratamiento psicológico que lo ayude a afrontar la vida con sus dificultades, pero también con esa alegría de vivir que cantaba Ray Heredia.

El amigo que me ha alojado trabaja como cocinero en un hotel de Varadero. El conocido destino turístico se encuentra a unos 36 kilómetros de la ciudad de Matanzas.

Según me cuenta, el hotel en el que trabaja ha dejado de recibir turistas y ha sido convertido en una residencia para l@s trabajador@s que desarrollan allí su actividad. La falta de combustible obliga a organizar unos turnos especiales para reducir los desplazamientos.

En su caso, permanece durante siete días trabajando en la cocina del hotel y preparando la comida para sus compañer@s, que también se alojan allí. Después dispone de otros siete días de descanso en su casa de Matanzas, donde me ha acogido.

Regreso a La Habana

Regreso a La Habana por la mañana. En el mismo lugar, cerca de la entrada al centro de Matanzas, donde me dejaron los taxis colectivos procedentes de la capital, paran, en la acera de enfrente, los vehículos que realizan el trayecto contrario.

Esta vez encuentro un taxi colectivo que es, en realidad, un minibús de 18 plazas. Cuando llego, a las nueve de la mañana, está casi completo.

El precio es de 5.000 pesos, que al cambio oficial no llega a siete euros. A las 9:45 arrancamos con todas las plazas ocupadas.

El minibús es bastante moderno. Viajamos con aire acondicionado y reguetón durante todo el recorrido. Después de realizar varias paradas, a las 11:30 terminamos el trayecto en el Parque Central de La Habana.

Un paseo por La Habana Vieja

No tengo ningún compromiso inmediato y me apetece caminar por La Habana Vieja, donde todavía no he puesto el pie durante este viaje. Decido disfrutar del paseo sin un destino concreto.

Empiezo esquivando a un par de personas que me ofrecen cambiar dinero, comprar tabaco —aclarándome que el dinero será para el cubano y no para el Estado—, contratar excursiones a la playa o conocer a chicas guapas.

Hay muchísima gente en las calles. Algunas personas venden lo que pueden. Otras, simplemente, disfrutan y festejan el domingo.

Camino por una calle peatonal llena de gente, tiendas, puestos con libros muy interesantes y música callejera. Grabo un vídeo de 18 segundos en el que una niña, convertida en la estrella central, y dos niños bailan maravillosamente al ritmo de la salsa. Lo adjunto con este texto, aunque no sé si WhatsApp será capaz de transportarlo.

El encuentro con un supuesto timbalero

Durante el paseo se me acerca un hombre negro, mayor, aunque más joven que yo. Se presenta como Álvaro y asegura que es timbalero, que trabajó con Buena Vista Social Club y que ahora está en la Casa de la Música.

Me cuenta que están preparando un homenaje por el centenario de Fidel. Dice que no pudieron organizarlo antes porque no tenían electricidad, pero que ahora disponen de baterías para desarrollar las actividades previstas.

Insiste en que no es vendedor de puros ni pretende ofrecerme nada. Afirma que solo quiere conversar porque el miércoles se cumplirá el sueño de su vida: viajará a Barcelona junto a varios artistas cubanos para participar en un intercambio cultural.

Le pregunto quién organiza ese viaje y me responde que seguramente conozco al responsable porque es un gran músico español:

¡Es Joaquín Sabina!

La respuesta me resulta poco creíble. No conozco ninguna iniciativa de Sabina de esas características y empiezo a sospechar que aquel hombre pretende venderme algo, aunque todavía no sé exactamente qué.

Me propone visitar un mercado de frutas cercano, un mercado de flores en el que, según dice, varias guantanameras venden sus productos, y una taberna dedicada al Che Guevara.

Me sorprende imaginar a unas mujeres recorriendo cerca de mil kilómetros para vender unos pocos ramos de rosas. En cualquier caso, el recorrido no me parece un mal plan. Mi intención era pasear y conocer la ciudad, así que acepto acompañarlo.

Vamos primero al mercado de frutas y nos hacemos unas fotografías con el puño en alto. Quiero comprar limones, pero Álvaro me convence de que no lo haga porque tendremos que regresar por el mismo camino y no tiene sentido llevarlos durante todo el paseo.

Yo voy deteniéndome y disfrutando de todo lo que veo, mientras percibo que él está cada vez más inquieto y quiere caminar más deprisa.

Visitamos también el mercado de flores, donde varias mujeres tienen ramos de rosas a la venta. Finalmente, y con bastante prisa por parte de mi acompañante, llegamos a la taberna dedicada al Che.

Dos mojitos y una cuenta inesperada

Es un establecimiento pequeño, pero no hay prácticamente un centímetro de pared que no esté cubierto por algún cartel o fotografía de personajes revolucionarios y otras figuras históricas.

Además del Che, aparecen Fidel, Camilo Cienfuegos, Antonio Maceo, José Martí y hasta Muhammad Ali, el famoso campeón mundial de boxeo que anteriormente se llamaba Cassius Clay.

Nada más entrar, Álvaro dice que tiene sed y me pregunta si puede beber algo. Inocentemente, le ofrezco la botella de agua que llevo en la mochila.

Pero no quiere agua:

—¿Puedo tomarme un mojito?

—Claro —le respondo—. Yo también quiero otro.

Somos los únicos clientes de la pequeña taberna. Mientras preparan las bebidas, me enfrasco en una animada conversación con el responsable del local sobre los libros de Fidel que tiene expuestos y sobre la manera de preparar los mojitos.

En un momento de la conversación me dice que en La Bodeguita del Medio los mojitos cuestan ocho euros. Le respondo que me parece muy caro y que yo no pagaría ocho euros por uno.

Su respuesta me deja completamente desconcertado:

—Pues el que te estás bebiendo cuesta 15 euros.

En una fracción de segundo todo empieza a encajar en mi cabeza. Interpreto que el hombre que me ha acompañado actuaba como gancho para llevar clientes al establecimiento, donde sirven los mojitos sin informar previamente de que cuestan 15 euros.

Le digo al responsable que me parece una barbaridad, que no se puede actuar así y que cualquier persona que conociera el precio antes de pedir la bebida probablemente no entraría en el local.

El hombre empieza a recular y, como compensación, me ofrece un libro de Fidel. Le respondo que tengo prácticamente todos, pero insiste y aparece con un volumen enorme que no conocía: La victoria estratégica.

El libro, escrito por Fidel Castro y publicado en 2010, relata la ofensiva desarrollada por el ejército de Batista contra el Ejército Rebelde en la Sierra Maestra y el cambio estratégico que produjo su derrota.

Acepto el libro. De todas maneras, voy a pagar los 30 euros correspondientes a los dos mojitos y el volumen tiene muy buena pinta. Asumo que me han engañado “por la izquierda” y que la situación ya no tiene remedio.

Entiendo que las dificultades económicas lleven a muchas personas a buscar cualquier manera de ganarse la vida. Pero eso no significa que deba aceptar la falta de honradez o la pillería utilizada para sacar dinero a otras personas.

Cuando salimos del local, Álvaro intenta mantener la representación y continúa llamándome amigo, como si yo no hubiera deducido cuál había sido su papel en toda la historia.

Le digo, con mucha sequedad, que no es mi amigo ni lo será nunca. Me pregunta por qué y le respondo directamente:

Porque me has engañado.

Ahí termina nuestro encuentro. Ya no vuelve a acercarse a mí.

Tengo que reconocer, no obstante, que el mojito era muy grande, posiblemente cercano al medio litro, y que estaba realmente bueno.

Mañana tengo previstas varias entrevistas con cuban@s que representan otra forma de entender la moral, el compromiso social, su país y su revolución.

Manolo García

Desde La Habana, Cuba

Día 6

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