Foto: Greg0611 / Wikimedia Commons — CC BY-SA 4.0.
Diario del Centenario de Fidel
Por Manolo García14 de agosto de 2026
Viajar desde La Habana hasta Matanzas en un taxi colectivo significa esperar sin saber a qué hora se saldrá, pero también permite contemplar uno de los paisajes más hermosos de Cuba. La jornada, sin embargo, termina marcada por la tragedia que atraviesa una familia amiga.
Hoy me levanto a las cinco de la mañana. Quiero visitar la ciudad de Matanzas y el transporte más seguro es acercarme a la antigua parada de autobuses, situada cerca de la Plaza de la Revolución, y contratar allí un taxi colectivo.
Mis anfitriones vuelven a demostrar que son espectaculares en cuanto a generosidad y atención. Ella se levanta también y me prepara café y desayuno. Él me lleva en la moto hasta la antigua terminal, convertida ahora, prácticamente, en una parada de taxis colectivos y triciclos.
Un viaje sin hora de salida
Son las seis y media de la mañana. Nada más llegar nos preguntan adónde vamos y enseguida nos ofrecen un coche con destino a Matanzas. El precio del viaje es de 7.000 pesos. Con la tasa oficial de hoy, de aproximadamente 727 pesos por euro, son unos 9,62 euros.
El principal problema de este tipo de transporte es que no tiene una hora concreta de salida. El coche arranca cuando consigue cuatro pasajer@s que contraten el viaje. Mientras tanto, toca esperar.
Cuando llegamos todavía es de noche. Poco a poco se hace de día y no aparece ningún otro pasajero. Resulta algo angustioso no saber cuánto tiempo vamos a permanecer allí. El propio conductor reconoce que no tiene ninguna seguridad de completar el pasaje.
Finalmente llega una persona y, no mucho después, aparece otra. ¡Ya solo falta un pasajero!
Son cerca de las nueve de la mañana, dos horas y media después de nuestra llegada, cuando los acontecimientos se precipitan. El tercer pasajero quiere viajar en el asiento del copiloto, pero el chófer le explica que ese lugar me corresponde porque he llegado mucho antes. El hombre parece resignarse a sentarse detrás, aunque el coche es un pequeño Peugeot 106 y el espacio disponible no es precisamente abundante.
De pronto aparecen cinco personas que también quieren viajar a Matanzas. Una de ellas, un hombre grande y corpulento, será quien se incorpore a nuestro vehículo. Ante la perspectiva de hacer el viaje con tan poco espacio, el tercer pasajero decide pagar él solo dos plazas para viajar más cómodo. Gracias a eso, arrancamos con solo tres pasajeros.
Matanzas está a unos 92 kilómetros de La Habana.
La exuberancia del paisaje cubano
Viajo en el privilegiado asiento del copiloto y puedo disfrutar plenamente del paisaje. He estado en Matanzas en varias ocasiones, pero hoy me parece que la naturaleza cubana se muestra más exuberante que nunca.
A nuestra izquierda, en dirección a Matanzas, aparece el mar. A la derecha se extienden los bosques, con árboles y palmeras que se pierden entre las montañas y el horizonte. Todo es verde. Durante el recorrido atravesamos varios ríos que cruzan la carretera.
No viajamos solos. Otros vehículos nos adelantan o son adelantados por nuestro coche. También encontramos a personas esperando en las paradas o haciendo autostop, haciendo botella, como se dice en Cuba.
A unos 40 kilómetros de Matanzas veo vacas pastando. Cuando faltan aproximadamente 18 kilómetros para llegar, atravesamos el puente de Bacunayagua, el más alto de Cuba y frontera entre las provincias de Mayabeque y Matanzas.
Se mire hacia donde se mire, la vista posee una belleza extraordinaria.
Una compañera de Málaga, muy graciosa, me dijo una vez que, sin necesidad de entrar en debates, había que venir a Cuba por el simple hecho de que es muy bonita.
Matanzas, la Atenas de Cuba
Al llegar a Matanzas me dirijo al Café Atenas, donde ya he estado otras veces y que utilizamos como lugar de encuentro con mi pareja amiga.
La ciudad es conocida como la Atenas de Cuba por su histórica apuesta por la cultura, el teatro, la literatura y las tertulias. El 17 de febrero de 1860, durante la inauguración del Liceo Artístico y Literario, Rafael del Villar proclamó públicamente a Matanzas como la Atenas de Cuba. El sobrenombre fue aceptado y ha llegado hasta nuestros días.
Sin embargo, lo que más me impresiona de esta ciudad es su propio nombre. Existen distintas interpretaciones históricas, aunque una de las versiones más extendidas está respaldada por relatos de los cronistas de la conquista.
Según esa narración, antes de que comenzara la conquista española de Cuba, un grupo de unas treinta personas españolas, entre las que había dos mujeres, necesitaba atravesar la bahía. Hacerlo en las canoas utilizadas por los indígenas parecía mucho más sencillo que bordearla a pie.
Los indígenas aceptaron transportarlos, pero, cuando se encontraban en mitad del agua, volcaron las embarcaciones. La mayoría de los españoles se ahogaron debido al peso de sus ropas, equipajes y armas. Solo unas pocas personas lograron sobrevivir.
Cuando España consiguió controlar militarmente Cuba y fundó una ciudad alrededor de la bahía, esta recibió el nombre de San Carlos y San Severino de Matanzas. Con el tiempo, prevaleció su nombre más rotundo: Matanzas, a secas.
Hay que avisar a Trump de que no conoce bien estas historias y no sabe lo que le espera si algún día decide desembarcar en Cuba.
Mi primer encuentro con los mamoncillos
Ya en casa de mis amigos veo un racimo de mamoncillos sobre una mesa y me entran ganas de probarlos. Son unos frutos verdes, aproximadamente del tamaño de una ciruela claudia.
La cáscara exterior es algo dura, pero se retira con facilidad. En el interior hay una pulpa fina, dulce y agradable, adherida a una semilla que ocupa casi todo el fruto. La única manera de comerlo es introducirlo en la boca y chupar la pulpa que recubre el hueso. De ahí viene su nombre.
Tiene muy poco que comer, pero su sabor es agradable. Además, el mamoncillo posee valor nutritivo y contiene minerales como fósforo, calcio, potasio y hierro. Ahora es una fruta infravalorada y asociada a la alimentación de la gente humilde. Quizás en el futuro llegue a apreciarse mucho más.
Una familia golpeada por la tragedia
Mis planes de disfrutar de Matanzas se trastocan porque la familia que visito está atravesando una enorme tragedia.
El hermano de mi amigo se marchó hace cinco años a Estados Unidos. En Matanzas quedaron su expareja y el único hijo de ambos, que entonces tenía 12 años. El muchacho tiene ahora 17 y está realizando el servicio militar. Su padre regresó de vacaciones para visitarlo y lleva alrededor de diez días en la ciudad.
Hace dos días, el joven intentó quitarse la vida con un arma y dejó una nota en la que decía que estaba cansado de vivir. No murió. Sus compañeros reaccionaron con rapidez y lo trasladaron al hospital, donde fue intervenido quirúrgicamente.
Durante dos noches ha permanecido entre la vida y la muerte. Esta mañana, por fin, sus constantes vitales se han estabilizado.
Sus padres están desolados y se turnan permanentemente en el hospital para acompañarlo y seguir su evolución. Mis amigos también se han volcado en la atención al muchacho y a su familia. A pesar de llevar varios días pendientes de esta situación tan dolorosa, han intentado atenderme de la mejor manera posible.
La sanidad cubana ha actuado con enorme rapidez y ha logrado salvarle la vida. Sus compañeros y mandos militares están pendientes de su evolución y han llevado alimentos a la familia para que, en estos momentos, no tenga que preocuparse también por conseguirlos. A ello se suma el apoyo de numerosos vecinos, familiares y amistades.
Las heridas son muy graves y el joven ha perdido un ojo, aunque conserva la visión del otro. Ojalá esta segunda oportunidad le permita reconstruir su vida. Tendrá por delante un camino largo, que necesitará atención médica y psicológica, además de todo el cariño y el acompañamiento que su familia y su comunidad puedan ofrecerle.
Mañana intentaré regresar temprano a La Habana.


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