Foto: VOX Congreso / Wikimedia Commons (dominio público).
Artículo de opinión
Mientras decenas de personas perdían la vida tratando de alcanzar Ceuta, José María Figaredo, dirigente de Vox y diputado en el Congreso, reclamaba “cazarlos a todos, uno por uno”. Hablaba de seres humanos agotados, asustados y atrapados en una frontera convertida en escenario de una tragedia.
Las palabras importan. Mucho más cuando salen de la boca de un representante público y se pronuncian en televisión ante miles de espectadores. Figaredo no pidió únicamente reforzar los medios de seguridad o gestionar una situación extraordinaria. Reclamó desplegar al Ejército, “cogerlos a todos”, devolverlos a Marruecos y “cazarlos” porque, según afirmó, “son invasores”.
En unas pocas frases, el dirigente de Vox concentró buena parte del mecanismo político de la ultraderecha: presentar una crisis humanitaria como una guerra, convertir a las personas migrantes en un ejército enemigo y utilizar el miedo para justificar medidas que, en otras circunstancias, resultarían difíciles de aceptar.
Primero se les llama “invasores”
La palabra “invasión” no describe únicamente una entrada numerosa de personas. Es un término militar. Sugiere que existe un ejército organizado, una operación coordinada y una voluntad de conquistar un territorio.
Pero quienes llegaron a Ceuta no formaban una fuerza militar. Eran personas procedentes de contextos diferentes, muchas de ellas empujadas por la pobreza, la falta de oportunidades o falsas informaciones difundidas a través de las redes sociales. Entre ellas había jóvenes, familias y menores que se lanzaron al mar creyendo que podrían encontrar una salida hacia Europa.
Llamarlas “invasores” permite borrar todas esas realidades. Ya no hay que preguntarse quiénes son, por qué han arriesgado su vida o si alguna necesita protección internacional. Una vez convertidas en una masa enemiga, dejan de ser personas a las que atender y pasan a ser una amenaza que debe ser expulsada.
La ultraderecha necesita esa transformación. Sin ella sería mucho más difícil defender públicamente que un joven exhausto que acaba de salir del agua debe ser perseguido por el Ejército.
Después llega el verbo “cazar”
Figaredo no eligió una palabra cualquiera. No dijo identificar, localizar o trasladar. Dijo “cazar”. Y añadió que había que hacerlo “uno por uno”.
En castellano, se caza a los animales. Aplicar ese verbo a un grupo de seres humanos introduce una deshumanización deliberada. Quien es presentado como una pieza de caza deja de aparecer como sujeto de derechos y se convierte en un objetivo.
“Cuando un diputado pide ‘cazar’ personas, no está describiendo una política migratoria: está normalizando el lenguaje de la persecución”.
El problema no es solamente la brutalidad de una frase. El lenguaje prepara el terreno para las acciones. Primero se habla de invasores. Después se pide cazarlos. Finalmente, el maltrato, las devoluciones sin garantías o la violencia contra ellos pueden presentarse como respuestas necesarias.
Este mecanismo se ha repetido muchas veces a lo largo de la historia. Para justificar la persecución de un grupo, primero hay que despojarlo de su individualidad. Convertir personas con nombres, familias y derechos en una masa peligrosa. La ultraderecha conoce perfectamente la eficacia política de ese proceso.
Los derechos convertidos en “tecnicismos”
Durante su intervención, Figaredo también pidió olvidarse de los “tecnicismos”. En ese contexto, aquello que el dirigente de Vox rebaja a un simple tecnicismo incluye cuestiones esenciales en una democracia: el derecho de asilo, la protección de los menores, la identificación de personas vulnerables y la prohibición de devolver a alguien a un lugar donde su vida pueda correr peligro.
Las garantías jurídicas no son obstáculos inventados para dificultar el control fronterizo. Son límites establecidos para impedir que el poder actúe de forma arbitraria. Protegerlas resulta especialmente importante cuando una sociedad atraviesa una situación de tensión y aparecen dirigentes dispuestos a señalar a un colectivo entero como enemigo.
La Comisión Española de Ayuda al Refugiado ha reclamado que las personas llegadas a Ceuta reciban una atención digna y que sus posibles necesidades de protección sean evaluadas individualmente. También ha recordado la presencia de niños y adolescentes que requieren un tratamiento específico.
Frente a esta petición basada en la legalidad y los derechos humanos, Vox propone una respuesta militar y colectiva: entrar con el Ejército, capturar a todas las personas y devolverlas sin detenerse en sus circunstancias. Precisamente eso que Figaredo llama “tecnicismos” es lo que diferencia un Estado de derecho de una actuación sin garantías.
Una tragedia convertida en campaña electoral
Figaredo no ha sido el único que ha utilizado Ceuta para extender un mensaje de miedo. Donald Trump presentó las imágenes como una advertencia para los ciudadanos estadounidenses y aseguró que su país podría encontrarse en una situación similar si ganaban sus adversarios políticos.
La tragedia quedó así transformada en propaganda. Los fallecidos, las personas rescatadas del mar y quienes permanecían sin comida ni alojamiento desaparecieron del relato. Solo quedó una imagen repetida para asustar al electorado.
Es la misma estrategia que utiliza la ultraderecha en diferentes países: seleccionar las imágenes más impactantes, eliminar cualquier explicación sobre las causas y presentar la migración como una amenaza existencial. El mensaje siempre termina conduciendo al mismo lugar: miedo, militarización y recorte de derechos.
El odio como estrategia política
La ultraderecha no pretende explicar lo sucedido en Ceuta. Su objetivo es aprovechar las imágenes, señalar a un enemigo y extender la sensación de que la sociedad se encuentra bajo una amenaza permanente.
Para conseguirlo necesita borrar las causas de la migración y también la identidad de quienes migran. No habla de jóvenes, familias, menores o personas que buscan protección. Habla de masas, invasores y enemigos. Cuando desaparecen los rostros, resulta más sencillo justificar la persecución.
Las declaraciones de Figaredo no son una salida de tono aislada. Forman parte de una estrategia política que convierte el miedo en votos y la deshumanización en programa. El mensaje es sencillo: si quienes llegan son presentados como invasores, cualquier medida contra ellos puede parecer legítima.
“La ultraderecha necesita dejar de ver personas para empezar a fabricar enemigos”.
Por eso resulta especialmente grave que un diputado utilice el verbo “cazar”. No está proponiendo una política migratoria ni tratando de resolver una emergencia. Está normalizando la idea de que determinados seres humanos pueden ser perseguidos como si fueran presas.
Cuando una sociedad acepta que se hable de “cazar” personas, el odio ya ha recorrido una parte del camino. Lo que está en juego no es solamente el trato que reciben quienes llegan a una frontera, sino el tipo de democracia y de convivencia que estamos dispuestos a defender.

