Sarah Schulman cuestiona la cultura del castigo en «El conflicto no es abuso»

La escritora y activista estadounidense analiza cómo la confusión entre conflicto y abuso puede alimentar respuestas desproporcionadas, reforzar la intervención punitiva del Estado y dificultar la reparación. El ensayo llegará a las librerías españolas en septiembre de la mano de Capitán Swing.

No todos los conflictos son abusos ni todas las diferencias constituyen una forma de violencia. Esta es la idea central desde la que Sarah Schulman construye El conflicto no es abuso. La exageración del daño, la responsabilidad de la comunidad y el deber de reparación, un ensayo que recorre las relaciones personales, las disputas políticas y los conflictos internacionales.

La autora estadounidense plantea una distinción fundamental. El conflicto representa una lucha de poder que puede negociarse y transformarse, mientras que el abuso supone el ejercicio de un poder de dominación sobre otra persona.

Confundir ambos escenarios, sostiene Schulman, puede provocar respuestas desmedidas basadas en el castigo, el rechazo o la exclusión. Una advertencia que no pretende minimizar el sufrimiento ni cuestionar la protección que necesitan quienes padecen violencia, sino diferenciar las agresiones reales de aquellos desacuerdos que requieren comunicación, responsabilidad y mediación.

Cuando el conflicto se convierte en amenaza

Schulman parte de una afirmación: «El conflicto está enraizado en la diferencia». Las personas y las sociedades son distintas y, por tanto, los desacuerdos forman parte inevitable de la vida colectiva.

«El conflicto está enraizado en la diferencia, y las personas son y siempre serán diferentes».

El problema aparece cuando esa diferencia se interpreta como una amenaza extraordinaria. Una percepción exagerada del peligro puede desencadenar respuestas violentas y convertir un conflicto todavía abordable en una situación de abuso, represión o crueldad.

El libro recurre a casos de violencia policial racista, agresiones dentro de la pareja y conflictos políticos para analizar cómo se produce esa escalada. Los asesinatos de Michael Brown y Eric Garner a manos de la policía estadounidense son utilizados para mostrar las consecuencias extremas de atribuir una amenaza inexistente a personas racializadas.

Schulman también examina cómo las instituciones y los discursos públicos contribuyen a establecer quién merece ser reconocido como víctima, quién es presentado como amenaza y qué respuestas se consideran legítimas.

La extrema derecha y la apropiación del papel de víctima

El análisis adquiere una dimensión especialmente política cuando la autora estudia la estrategia de la extrema derecha. Los movimientos reaccionarios pueden presentarse como víctimas del feminismo, de la inmigración o de un supuesto régimen «woke» para fabricar una sensación de amenaza permanente.

Este relato convierte los avances sociales y las reivindicaciones de derechos en agresiones contra quienes históricamente han ocupado posiciones de privilegio. La inversión de los papeles permite justificar políticas de exclusión, recortes de derechos y nuevas formas de violencia institucional.

La resistencia de los grupos oprimidos también puede ser reinterpretada como una agresión. Schulman analiza la guerra israelí contra Gaza de 2014 y explica cómo los relatos unilaterales, la ideología supremacista y la negativa a asumir responsabilidades contribuyeron a legitimar una respuesta militar desproporcionada.

La autora recoge en este apartado la expresión «genocidio progresivo», empleada por el historiador israelí Ilan Pappé, para describir un proceso en el que la población palestina queda sometida a una violencia continuada mientras su resistencia es presentada como la amenaza principal.

Víctimas sin voz ni capacidad de actuar

Otro de los ejes del ensayo es la construcción social de la víctima. Para conseguir reconocimiento y protección, una persona puede verse obligada a aparecer como completamente inocente, vulnerable y carente de cualquier responsabilidad sobre su situación.

Schulman advierte de que eximir de culpa no debería significar negar la capacidad de actuar. Reconocer la agencia de quien ha sufrido un daño también implica respetar su posibilidad de interpretar lo sucedido, tomar decisiones y participar en la transformación de su propia realidad.

Los modelos dominantes de vulnerabilidad pueden dejar fuera las experiencias de mujeres trabajadoras, personas migrantes, comunidades racializadas y otros grupos sometidos a condiciones materiales concretas. No todas las personas expresan el dolor de la misma forma ni cuentan con los mismos recursos para obtener reconocimiento social.

La interpretación del sufrimiento, recuerda la autora, también está atravesada por las relaciones de clase, raza, género, sexualidad y poder.

Del desacuerdo a la intervención policial

En las relaciones personales, familiares y comunitarias, los malentendidos pueden terminar convertidos en acusaciones que trasladan el conflicto a la policía y los tribunales.

Las nuevas tecnologías agravan esta dificultad. Los correos electrónicos y los mensajes eliminan el tono de voz, los gestos y otros elementos de la comunicación directa. Esta pérdida de contexto favorece interpretaciones erróneas y dificulta la negociación.

Schulman analiza cómo la incapacidad para resolver colectivamente determinados problemas puede reforzar el control del Estado. Una situación que se observa en la criminalización del VIH en Canadá, donde una cuestión compleja relacionada con la salud, la sexualidad y la responsabilidad compartida fue convertida en una división rígida entre víctimas y culpables.

El resultado es una demanda de castigo que individualiza el problema y desplaza las responsabilidades sociales e institucionales.

Devolver el conflicto a la comunidad

Frente a la cultura punitiva, El conflicto no es abuso reivindica la responsabilidad de la comunidad. Las personas que rodean un conflicto pueden contribuir a intensificarlo, aceptar relatos unilaterales o intervenir para frenar una respuesta desproporcionada.

La reparación no significa imponer una reconciliación ni obligar a convivir a quienes han sufrido un daño. Supone buscar respuestas basadas en la comunicación, la negociación y la responsabilidad compartida, evitando que el castigo sustituya automáticamente a cualquier intento de transformación.

Las propuestas de justicia restaurativa y transformativa aparecen como herramientas para que las comunidades recuperen la capacidad de abordar sus propios conflictos. Sin embargo, Schulman señala que estos procesos también requieren modificar las condiciones materiales que generan aislamiento, dependencia y vulnerabilidad.

La propuesta de Schulman reclama recuperar la cooperación, la solidaridad y la responsabilidad colectiva frente al individualismo y la respuesta exclusivamente punitiva.

Su planteamiento cuestiona el individualismo neoliberal y propone recuperar la cooperación, la solidaridad y la responsabilidad colectiva. El conflicto deja así de ser entendido exclusivamente como una amenaza y pasa a considerarse una parte inevitable de la vida común y de cualquier proceso de transformación política.

Una trayectoria ligada al activismo LGTBIQ+

Sarah Schulman nació en Nueva York en 1958. Es periodista, escritora, guionista, dramaturga, historiadora del sida y activista por los derechos LGTBIQ+.

Fue una de las fundadoras de Lesbian Avengers, organización de acción directa que impulsó la primera marcha lésbica celebrada durante la movilización por la igualdad de derechos de lesbianas, gais y bisexuales en Washington.

También forma parte del consejo asesor de Jewish Voice for Peace y ejerce como asesora académica de Students for Justice in Palestine. A lo largo de su trayectoria ha recibido reconocimientos como el Premio Bill Whitehead, el Lambda Literary Award y el Stonewall Book Award.

Con El conflicto no es abuso, Schulman propone revisar las respuestas individuales y colectivas ante el daño. Su planteamiento no niega la violencia ni diluye la responsabilidad de quienes la ejercen, sino que reclama herramientas capaces de distinguir, intervenir y reparar antes de que el conflicto termine convertido en dominación.

Ficha del libro

  • Título: El conflicto no es abuso
  • Subtítulo: La exageración del daño, la responsabilidad de la comunidad y el deber de reparación
  • Autora: Sarah Schulman
  • Traducción: Nicolas Cuello y Diego del Valle Ríos
  • Editorial: Capitán Swing
  • Páginas: 368
  • Formato: 140 × 220 milímetros
  • Precio: 25 euros
  • ISBN: 979-13-992300-4-8
  • Publicación: septiembre de 2026

Fuentes consultadas:

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